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View Full Version : Magda 1 Albina Que Le Volvio Loca


bipi
01-18-2004, 07:40 PM
Magda.


Año 1969. Curioso que la chica mas popular del instituto llevara el nombre de "María Magdalena". Parecía una broma de sus padres, quizá vieron a su hija recién nacida, el pelo blanco, los ojos grises, la piel lechosa hasta un punto enfermizo. Una niña así no podía llevar un nombre normal como "Marta" o "Paula". María Magdalena, la amante de Jesucristo, la puta que llegó a santa.

Vi por primera vez a Magda el primer día de instituto. Las chicas cuchicheaban a su alrededor, hablando bajito, en tono confidente. Criticándola probablemente. Riéndose de su nombre, de su pelo largo color plata sin un peinado a la moda, sin flequillo, todo el pelo del mismo largo. Los ojos ciertamente hermosos, de un gris azulado.


-Qué ojos más extraños ¿Verdad? Color del cielo cuando está nublado.- Le dije a una compañera mía que estaba a mi lado, como yo, como todo el colegio admirándola, cada uno a su manera.

-¡Para nada! Una vez vi a uno que metió la lengua en un enchufe y de ese color le quedó.

Envidia.

Magna se limitaba a sonreír a todo el que le hablaba, tímidamente, parecía que hablar era un esfuerzo sobrehumano para ella. Pronto esto no fue así. Quizá una albina sea un fenómeno, un objeto para la crítica de las adolescentes comunes y corrientes, de pelo negro, ojos oscuros y cuerpo voluminoso. Pero para los chicos no podía pasar desapercibida su belleza. No sería Mis playboy en el futuro, claro. No era la chica que sabías que iba a ser exuberante, despertar los deseos mas animales de la gente, no iba a ser una Marilyn Monroe. Ella tenía ese tipo de belleza que hace que te quedes con la boca abierta. Verla en el supermercado comprando te hacia preguntarte si una criatura así necesitaba comer, si era realmente humana. No despertaría deseos en los hombres vanos. Como digo, ella no era una Marilyn Monroe, ni una modelo esquelética. Ella era una Loreley, una obra de arte, una escultura que produce suspiros de admiración por quien se da cuenta de la mediocridad del resto del mundo, al contemplarla.

Alguien me dijo una vez que nadie la miraba por admiración a su belleza. Que quizá mientras ella estaba en una habitación contigo es imposible apartar la vista de ella, así como es imposible apartar la vista del cadáver de un motorista al que acaban de atropellar a tu lado. ¿Belleza? No, es otra cosa.

Pronto el instituto se dividió entre los que matarían por tenerla, y entre los que la despreciaban.

Pareciera que ella nunca había sido consciente de la expectación que provocaba. En cuanto unos chicos empezaron a pretenderla, dejó de ser tímida. Comenzó su época de la reina de la vanidad, la enamorada de si misma, la cruel Magna, la de que todo y de todos se burlaba. Entonces me gustó aún más. Supe que sería mía.

Cuando Magna llegó al instituto parecía un ser de otra galaxia, pero pronto pasó a formar parte del grupo de chicas más populares, las más guapas, las más listas que se vanagloriaban de su estupidez, las que a pesar de ser preciosas parecían cardos a su lado.

Magna se convirtió en mi adicción y mi obsesión. Necesitaba verla, necesitaba rozar su piel al menos una vez al día, entonces ya me contentaba. Pero pronto no fue suficiente.

La necesidad de tenerla era demasiado fuerte. Dejé de pensar en otra cosa más que en ella, Magna, Magna, Magda, Magda, Magda, Magda, Magda, Magda, Magda, Magda. Era demasiado enfermizo. Cuando me cruzaba con ella por los pasillos del colegio yo le sonreía. Ella, tímidamente me devolvía la sonrisa. Pues aunque estaba en el grupito de las chicas más populares, ella sería incapaz de ser cruel con alguien sin tener a sus amiguitas al lado. Demasiado tímida. Se mostraría amable hasta que alguien le dijera que eso no es lo correcto. Hasta conmigo. Yo era la fea, la tosca, la masculina de espalda ancha pero pechos pequeños. La de pelo y ojos oscuros, como el resto del mundo. La que tenía un cuerpo normal para su edad, 18 años. Magda solo tenía 17. Las piernas largas, la cintura estrecha, pechos pequeños, pies diminutos, manos largas de artista.


Pronto me apunté en todas las actividades en las que ella participaba. Intenté hacerme su amiga. Tuve la gran suerte de que vivía cerca de mi casa, un par de calles mas arriba, y podíamos ir juntas después de clase. Gracias a Dios, sus amigas vivían en el otro lado de la ciudad, así ella podría ir conmigo, ser ella misma, la autentica Magda, y no darle cuentas a nadie.

Poco a poco nos fuimos conociendo y creo que me cogió bastante cariño. Después de un tiempo eso también dejó de ser suficiente. Un día le dije que tenía que decirle algo, pero que no me atrevía a decírselo a la cara, pero tenía que contárselo, ella era mi amiga. Una nota en su mochila:

"Bueno, este es el secreto: ¿Recuerdas cuando te dije que no me interesaban los chicos? No es porque esté demasiado ocupada con el estudio como tu dijiste... simplemente es que soy lesbiana. Me gustan las chicas.

¿Asustada? ¡Espero que no!

Tu amiga,

Yo."


En el recreo la vi rodeada de chicas de su clase. Ella al verme apartó la mirada, y fingió no haberme visto. No quise acercarme a hablar con ella pues no quería avergonzarla delante de las chicas populares, además, después de lo que le había contado, sería demasiado violento.

Ese día Magda se fue rápidamente a su casa, no la pude encontrar para ir juntas. Deduje que estaba aún más avergonzada que yo.

Cuando esta situación se siguió repitiendo durante varios días, decidí enviarle otra nota:


"Me estás evitando. No entiendo que te pasa, por favor, habla conmigo."


A media mañana una chica me pasó un libro que se supone yo había prestado a Magda. Busqué entre las páginas. Una nota con caligrafía de niña pequeña decía:

“Mi papá dice que eso es como una enfermedad contagiosa. Lo siento, no puedo seguir siendo tu amiga. Deberías ir a la iglesia y confesarte o irás al infierno cuando mueras”.

Si me dijeran que faltaban dos horas para mi muerte, para mí llegada al infierno, no me habría sentado peor que el desprecio de Magda hacia mí. Me fingí enferma y durante tres días no fui al instituto. Me quedaba en mi cama, llorando, el corazón roto.

Al tercer día alguien llamó a la puerta. Supliqué que fuera ella aún sabiendo que eso era como pedir que cayeran monedas del cielo en lugar de lluvia. Se escucharon voces en el salón, después mi madre entró en mi habitación.


-Es una tal Magda- me dijo- venga, deja de hacerte la remolona y ve a dar una vuelta con ella que mañana vas a clase aunque estés moribunda.

Me levanté excitada, llena de emoción, me vestí y salí de mi habitación. Allí estaba ella, más hermosa que nunca, su sonrisa tímida, su cabello descuidado, su piel sin maquillar, su ropa sencilla. La niña más bella de la tierra.

Caminamos por el jardín, las estrellas ya brillando en el cielo a esas horas, las 8 de la tarde, pero era principios de diciembre.


-Ya no tienes miedo de que te contagie.- rompí el hielo, mi tono de voz amistoso, aunque denotando algo de amargura.

-Bueno, te echaba de menos.- me abrazó, corrientes eléctricas en mi piel.

Y ese fue el momento, entonces todo fue como antes. Una amistad pura por su parte, deseos sucios y reprimidos por la mía.

Volvimos a llevar nuestra amistad a escondidas de sus amiguitas tontas. Volvió a mostrarse normal conmigo, y nunca más volvió a mencionar mi condición sexual, mi enfermedad.

Pero, como siempre me pasaba, su amistad dejó de ser suficiente. Yo necesitaba sentirla mía, tenerla, saber que ningún chico había conseguido llegar tan lejos como yo. Ser poseedora de su cuerpo, y su alma. Que suspirase por mí, que gritase mi nombre.

No supe que hacer, y como suele pasar, cometí una estupidez. Ahorré durante más de seis meses el dinero de mi paga y me puse a trabajar en una zapatería. Llegué a tener 1000 pesetas. Puede que ahora ese dinero parezca poco, pero podría ser 500mil pesetas de ahora fácilmente, o mejor dicho, 3000 euros. Mucho dinero.

Un día mientras volvíamos a casa del colegio, hablando de cualquier cosa. Abrí mi mochila y saqué todo el dinero.

Magda era de una familia humilde, y vi por la expresión de su cara que nunca había visto tanto dinero junto. Le dije que lo tocara, y ella preguntó de donde lo había sacado.


-De mi trabajo. –mi respuesta.- Es para ti, te lo regalo.

Si su cara antes era un poema, ahora era todo un libro de versos. Enseguida me vino pidiendo mil explicaciones.


-¿No dijiste que tu hermano necesitaba dinero para poder ir a la universidad en lugar de trabajar?

Me sentí despreciable al nombrarle eso. Pero yo la necesitaba como el oxigeno, no aguantaba más. Sus padres habían fallecido cuando ella era pequeña, su hermano de 20 años llevaba estudiando y trabajando a la vez desde hacia años y finalmente había decidido dejar los estudios y meterse de lleno en el mundo laboral puesto que Magda necesitaba demasiadas cosas. Necesitaban dinero.

Pero ahora Magda daba saltos de alegría, me abrazó, sus ojos llenos de lágrimas. Mis mejillas estaban rojas como manzanas, de la excitación, terminé mi discurso.


-A cambio de que me dejes hacerte el amor.

La expresión de su cara cambió repentinamente. Dejó de mirar el dinero con los ojos sorprendidos, ahora me miraba a mí con una mezcla de incertidumbre, y asco.

Se quedó callada, analizando mis palabras, intentando comprenderlas. Supliqué que aceptara a un dios imaginario. No me escuchó. Magda no hizo honor a su nombre, se levantó. Su falda del uniforme del colegio roja de un corto indecente. La camisa blanca con una mancha de chocolate. Los calcetines caídos. Me dio una bofetada fuerte y me hizo girar la cara. Supe que no había sido su intención que fuera tan fuerte puesto que se sorprendió pero enseguida volvió a poner una expresión segura y enfadada en su rostro.

Pensé que iba a decir algo pero solo torció su cuello blanco atravesado de venas azules y comenzó a andar. Cuando llevaba varios pasos se giró y gritó.


-Asquerosa cerda. ¡Asquerosa lesbiana! ¡Enferma!- salió corriendo.

A pesar de todo, disfruté su humillación. Ella me había pegado, pero yo había sido la que la había hecho enfadar. Ahora ella podía escoger, una vida mejor, o ignorar mi oferta y seguir casta y pura. Sonreí de puro placer.

No me importó perder su amistad. Esta nunca había sido suficiente para mí. Ni siquiera me importaron sus miradas por los pasillos. ¿No comprendes, Magda, que estás a mi merced?

Meses después yo terminé el instituto con mis 18 años recién cumplidos, sin ningún admirador, y ninguna amiga. No me importó, los amigos solo dan problemas, y los chicos no me gustan. Era el mes de julio cuando Magda llegó a mi casa. Mis padres estaban en la playa, yo me quedé estudiando.

Estaba en la puerta con un vestido de verano blanco. Las mejillas quemadas por el sol, su piel ligeramente bronceada, hasta parecía una chica normal. Llevaba unas gafas de sol y sandalias planas. No se quitó las gafas, pero supe que estaba llorando. La invité a entrar y se sentó en unos de los sofás. Supe que iba a pasar. Mi corazón latía a cien por hora. Cuando ella comenzó a hablar, me acordé de las 1000 pesetas guardadas en una caja bajo mi cama.


-Verás, mi hermano ha perdido su trabajo y…- No la dejé decir más. Fui corriendo al patio donde mi padre tenía sus herramientas. Cogí varias cuerdas color blanco muy finitas y volví al salón. Ella se había quitado las gafas y las sandalias, las lágrimas le corrían por las mejillas. Cuando vio las cuerdas se asustó y quiso irse. Pero yo le recordé el dinero y ella me siguió hasta mi habitación.

La hice sentarse en mi silla y la até. Ella quiso levantarse varias veces y cuando casi se había desprendido de las cuerdas. Metí un brazo debajo de la cama y saqué la caja de metal con el dinero. Sus ojos centellearon. La até más fuerte. Ella se dejó hacer.

Era una de esas sillas de madera con brazos como el esqueleto de un sillón. Su pecho empezaba a empaparse de sudor, y ahora las lágrimas habían sido reemplazadas por suspiros y jadeos nerviosos. No pude alargar más mi espera y le levanté el vestido hasta la altura de la cintura. Esto pareció aterrarla y comenzó a decir estupideces, que si “No, por favor, no me hagas daño, nunca lo he hecho, solo soy una niña, quiero irme, por favor, desátame”. OH, Magda, ¿para que has venido entonces?

Las bragas blancas se le pegaban al pubis. Le dije que si no dejaba de decir tonterías tendría que ponerle un esparadrapo en la boca. Pude ver su ombligo, sus muslos bien hechos, su piel transparente en su vientre, donde el sol nunca había dado. Pasé un dedo por encima de su braga, por toda su rajita, suavemente. Magda suspiró.


-No, por favor.- dijo sin aliento. Miró hacia arriba.

-Mag., quiero que mires como te hago el amor.- negó con la cabeza, los ojos húmedos, las mejillas rojas y brillantes.- Hazlo o será peor.

Bajó la mirada y se encontró con mis ojos. Pasé de nuevo el dedo por su rajita. Volvió a suspirar. Supe que le había gustado. El bochorno se reflejaba en su cara y su excitación en los fluidos que comenzaban a emerger de su cuerpo y que pude oler.

Agarré sus bragas con las dos manos e intenté quitárselas. Ella volvió a mirar al techo. Cuando se las hube sacado la obligué a mirarme de nuevo. Le abrí las piernas. Amenacé con quemar el dinero delante de ella si intentaba cerrarlas. Así mi Mag., buena chica.

Su pubis tenía unos poquitos pelitos rubios en su parte superior. Los labios eran gruesos y rosas, su vagina estaba bien limpia pero olía a sexo. Acerqué mi cara a su vagina sin tocarla. Magda comenzó a retorcerse. Por mucho que ella dijera la espera de mi lengua se le estaba haciendo insoportable. Que tortura, ¿verdad Mag.?

Saqué la punta de mi lengua y rocé con ella su clítoris. Su dulce botoncito. Ella se estremeció de placer sin quererlo.


-Te gusta, ¿Eh? Mírame Magda.

Ella fijó sus ojos en los míos y trató de no suspirar y gemir demasiado. Mi lengua comenzó a recorrer todo lo externo de su vagina. La saboreé bien, su rico sabor agridulce. Intenté penetrarla con mi lengua, lamí su ano. Dediqué tiempo a su clítoris, lamiéndolo, mordiéndolo, a distintos ritmos. Llegó un momento en que Mag. no pudo disimular cuanto lo estaba disfrutando. Un suspiro profundo me hizo ser consciente de que se había venido. Probablemente su primero orgasmo.

Le desabroché las cuerdas mientras la miraba repantingada en la silla, cansada, avergonzada. Sonreí mientras se vestía sin decir una palabra. Buscó sus bragas, no las encontró, prometí devolvérselas cuando las encontrara yo.


-Mejor tíralas, no las quiero.

Cuando ya estuvo vestida miró al dinero significativamente.


-Ah, ¿Lo quieres? Lo siento Magulle pero esto no ha sido suficiente. Tendrás que devolverme el favor, y yo te daré el dinero.

-¡Ni hablar!- gritó enfadada. Empezó a llorar. –Dijiste “hacerme el amor” ese era el trato, no que yo te lamiera el coño. Ya me he dejado hacer suficiente, necesito el dinero ¡dámelo!

-Lo siento Mag. Sé que ese era el trato, pero he cambiado de opinión, no sabes tan bien como deberías, así que prefiero que tú me lo hagas a mí.

-Eres asquerosa. No pienso hacerlo. Te odio. – Fue hacia el salón, se puso las sandalias y las gafas y salió por la puerta.


-Y si le cuento a todo el mundo que te lo he comido. Que te ha gustado. Dime, ¿que pasará si lo cuento?- Mag. paró en seco.


-Nadie te creerá.- dijo intentando parecer segura. Saqué sus bragas de mi bolsillo, tenían un “Magdalena” bordado. Las olí delante de ella, que me miraba con la boca abierta. Se quedó pensativa sin querer aparentarlo un segundo, pero sin más se marchó. Supe que no podría descansar tranquila hasta que yo le devolviera sus bragas, hasta que tuviese el dinero. Supe que volvería.

Esa noche me tumbo en mi cama, los grillos me arrullan. Me pongo sus bragas en mi cabeza y con su olor me masturbo. Mi dedo corazón acariciando mi clítoris, Magda…


Pronto capitulo dos.

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Autor: mariamagdalenafan
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